Por Matías Julián Angelini
Foto: Pérez 

Pasadas las 1:30 de la noche del sábado, Pura Vida volvió a presentar una de las bandas más entrañables y convocantes de la escena: Pérez. El conjunto platense formado por Ramiro Sagasti en voz y guitarra, Matías Zabaljáuregui en guitarra y coros, Diego Goldszein en bajo y Martín Lambert en batería brindó un show efervescente, vibrante y plagado de canciones que ya son himnos del cancionero platense y del circuito independiente nacional.

Con la bipolaridad habitual del clima en marzo, la temperatura en el local se sentía. No era una noche fresca de otoño. Y ese condimento encendía a un público que necesitaba canciones. Anestesia pura de a tres minutos y medio a la vez.

Pérez subía al escenario con un Zabaljáuregui ardiendo en fiebre. “¿Un médico en la zona?”, preguntaba entre risas mientras encontraba un remedio alternativo y se desabrochaba la camisa. Y como un golpe de aire, ‘Una ola’ abría la noche. Un Sagasti suelto se paseaba por el escueto escenario Federico José Moura. Los coros y el baile crecían al unísono. La fiebre de Zabaljáuregui se iba hacia sus manos y sus acordes imposibles. La fiesta de Pérez apenas había empezado y no iba a decaer. “Ahora puedo morir en paz”, coronaba el guitarrista.

La banda avanzó con un repertorio que alternaba con gran parte de su último disco, los himnos de 17 canciones para autopista como ‘Ahinoa’, ‘Cuando sea después’ y ‘No era necesario’, y los ya clásicos de su primer disco homónimo como ‘Bailarinas’, ‘Babia’, ‘Más’.

Una de las sorpresas de la noche fue un adelanto de lo que va ser su nuevo trabajo discográfico. La bateria electronica de Lambert ejecutaba una base cuasi cumbiera en la que se sumaban los arreglos graves de Sagasti en su Rickenbacker beatle, los arreglos caóticos de Zabaljáuregui y unos sintes psicodélicos de Goldszein que dejaba el bajo para atracarse con un Microkorg. ‘Tropical’ era el leivmotiv. La canción se fundía en un caos de loops, batería a destiempo y ráfagas de sonido sintetizado.

El público estaba cada vez más enardecido. Lambert desde los platos se adueñaba de los pies de todos. Construía climas. Aceleraba y desaceleraba llevando a los presentes a volcarse indefectiblemente al baile. Sagasti cantaba y su mirada tenía un peculiar efecto Mona Lisa: no miraba a nadie y sin embargo miraba a todos a la vez, como cantando personalmente a cada uno de los presentes. La mirada de un performer entrañable cuyo diálogo entre canciones no se excedía más allá de un “Muchas gracias” y que en antítesis a esto, se sumergía en un trance con cada uno de los que cantara sus canciones.

La inercia del show se sentía en todos lados. Inclusive en la banda. Pero nadie paraba. Un show de dos horas de canción tras canción donde el tiempo volaba. ‘Libros y gente’ empezaba a cerrar la noche. “Para que voy a salir si siempre es igual, siempre es lo mismo”. Y claro que siempre es igual con Pérez. Siempre es lo mismo.

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