John Lennon/Plastic Ono Band: ya no me acuerdo bien desde cuándo es mi disco favorito. Lo escucho una y otra vez y cada dos por tres me hace llorar, sin ningún motivo aparente. En abril de 1970, los Beatles anunciaron su separación; en septiembre, John y Yoko Ono, que estaban en los Estados Unidos, volvieron a Inglaterra y poco después llamaron al productor Phil Spector para meterse en Abbey Road a grabar.

Es un disco crudo, directo y austero. Además de las voces, John grabó las guitarras y casi todos pianos; casi, porque Billy Preston tocó en God y Spector, en Love. Ringo Starr grabó la batería y Klaus Voormann, el bajo. Klaus era un viejo amigo: se habían conocido en Hamburgo, cuando los Beatles tocaban en el club Kaiserkeller; fue el diseñador de la tapa de Revólver.

En Plastic Ono Band no se lo escucha a Lennon como un líder soñador y pacifista, como casi todo el mundo lo recuerda hoy; es solo un hombre que nos cuenta su dolor, su tranquilidad, su enojo, su empatía, su amargura, su amor, todo lo que le sale. De una. Sin filtro. Mother es la primera de las once canciones del álbum, y el primer verso dice: “Mother, you had me but I never had you”. En el final de la canción, John grita, hasta romperse la garganta, “Mama don’t go. Daddy come home”. Esos gritos te atraviesan. En Well well well vuelve a soltarlos. Es tremendo. Cuando grita y cuando su voz es suave y cercana, como en Love.

Unos meses antes, en Los Angeles, John y Yoko habían hecho con el doctor Arthur Janov la terapia conocida como The Primal Scream, en la que enfrentaron los dolores enterrados de los traumas infantiles. Quizás esta terapia ayudó a John a componer esas canciones tan honestas y despojadas. Eso dicen las reseñas. Quién sabe. Para mí, la búsqueda de esa transparencia, que llegó al máximo en Plastic Ono Band, siempre acompañó a John. Uno de los tantos ejemplos: I’m so tired, del Álbum Blanco.

Hace poco me mudé y en el despelote de la mudanza desaparecieron cosas. Tardé un rato en encontrar ese disco. Lo tenía Faustina, mi hija, que tiene 16 años y ya empezó a encanutar en su cuarto discos y libros míos. Me puse contento. Ahora, mientras escribo, suena la anteúltima canción, God. John dice que “Dios es un concepto con el que medimos nuestro dolor”. Y después dice que no cree ni en la magia, ni en el I-ching, ni en la Biblia, ni en el tarot, ni en Hitler, ni en Jesús, ni en Kennedy, ni en Buda, ni en el Mantra, ni en Guita, ni en el Yoga, ni en los reyes, ni en Elvis, ni en Zimmerman –Bob Dylan–, ni en los Beatles. Que solo cree en él, en Yoko y en él. Que el sueño terminó.

En el último tema vuelve a hablar de Julia, su madre. My Mummy’s dead se llama la canción, que dura menos de un minuto. Es una grabación mono, casera, que había hecho en California. ¿Por qué me gusta tanto este disco? Supongo que la respuesta está en el título que le pusieron los japoneses cuando lo editaron: “El alma de John”.

Por Ramiro Sagasti de Pérez 

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