La industria musical nos quiera hacer creer que la verdad de las verdades es lo masivo, las bandas y puestas en escenas glamorosas con fanfarrea y de presupuestos incalculables. Hace décadas atrás, la música no era más que un artista, su guitarra y la calidez de una voz sobre el escenario. El cantautor chileno Nano Stern lo revive cada vez que se para frente al público, como el que estuvo presente el sábado en el Teatro Bar de La Plata. Fueron cerca de cien personas que colmaron la planta baja para festejar Mil 500 Vueltas (2015 – Sonoamérica), la presentación en vivo de su último álbum que mezcló en Buenos Aires.

“Buenas noches chiquillos”, grita Nano Stern mientras corre al centro de la tarima, donde su guitarra lo esperaba. Pasadas las 21:30 empieza a entonar la canción que le da nombre a su reciente disco y sin detenerse, continúa con “Las Torres de Sal” del 2011, en un silencio absoluto del teatro. De ahí en más, cada canción vino con el prólogo característico del cantante. “Mañana tomo el avión a Chile antes del partido”, dice Nano antes de interpretar “Ley de vida” y al finalizar recuerda que no está sólo, sino con un “coro, que son ustedes”, el público.

Varias de sus canciones tienen como primera piedra una historia de pueblos originarios, desde un relato mapuche surge “Lágrimas de oro y plata”, un mito popular tanto en distintos grupos étnicos de Latinoamérica como europeas, “en las escuelas nos enseñan más sobre los griegos y romanos que de nuestras civilizaciones”. Siguió con “La flor del cactus”, derivada del San Pedro, un cacto autóctono del norte de Chile.

Nano llegó el pasado domingo al país y de ahí ha realizado cuatro conciertos (Rosario, Córdoba, Buenos Aires y La Plata). En su primer día y de vuelta en el hotel por la madrugada, en la televisión ve el concierto de Pedro Aznar el año pasado en la Ballena Azul del CCK. “Estaba tocando una canción mía” dice dicha canción, “Nube”. Al terminar, se sienta en un solitario teclado al costado izquierdo para interpretar “Voy y Vuelvo”, de su segundo disco. “Están todos chupando menos yo”, exclamó mientras se agachó para agarrar una copa de vino. En ese punto de la noche, la gente ya era una sola con él, los aplausos venían espontáneos y el deseo de escuchar sus anécdotas.

Uno de los momentos más cálidos llegó con dos versiones de artistas que le dieron mucho a Stern. Junto con el instrumento que aprendió a jugar a los 3 años, empieza a frotar las cuerdas del violín en “Cantores que reflexionan” de Violeta Parra, la madre de la música popular chilena, recordando su legado. Para luego invitar a la platense Anita Archetti en el teclado y tocar “Los Dinosaurios” de Charly García, al cual conoció a comienzos del nuevo siglo, cuando este último se subió al escenario donde el chileno se presentaba junto a los trasandinos Matorral en Santiago.

Con Anita en el escenario llegan “Azul” con un Nano emocionado; “Árbol del bosque” y su felicidad de poder estar con ella tocando; “Las venas”, canción que compuso especialmente para Joan Baez, quien la invitó a participar en Mil 500 Vueltas y que Archetti hizo de la estadounidense en el escenario junto a su acordeón. Antes de que la platense se despida, Stern pulsa las notas de “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin, mientras una señora le grita plagio. “No, no es plagio”, dice el chileno entre risas, para continuar con “El amanecer”.

La canción chilena tiene dos astros que la recubren desde el cielo, Violeta Parra y Víctor Jara, a quienes Nano Stern les rinde un homenaje en “Dos cantores”, “son las luces que nos iluminan”, dijo. Mientras al final, se escucha la voz de Violeta diciendo “a veces me siento agotada, pero la guitarra me devuelve siempre el ánimo”. Para seguir con esa unión con Parra, cantó “Necesito una canción”, que es una respuesta del mismo Nano a “Cantores que reflexionan”. Los aplausos no se hicieron esperar y tampoco el humor del chileno, “no le pongan color”.

De ahí en más, el concierto tomó matices actuales y en una breve encuesta hecha por Stern desde el escenario, vislumbró que todos somos emigrantes, con alusión a los recientes hechos políticos y la postura cerrada sobre la inmigraciones. Así empezó “Festejo de Color” que en la versión de estudio participan Pedro Aznar, Susana Baca y Marta Gómez. “Hace un año atrás, cuando Argentina era más feliz que ahora, estrené esta canción en La Plata”, señalando el show en Ciudad Vieja que coincidió con la mezcla de este último trabajo discográfico. La siguiente fue “Tejequeteteje”, una metáfora al clásico infantil “un elefante, se balanceaba…”, donde elude a los poderes, tanto de la política y como económicos. “Mauricio Macri se balanceaba… la gente que lo puso ahí se lo tiene que bancar”, con el aplauso cerrado del público. Cerrando con “Los Espejos”, dedicada a su padre.

Entre la reverencia, el jolgorio de la gente y la arrancada de Nano Stern tras bambalinas, pasaron menos de diez segundos para que volviera al escenario y cerrar el concierto con una de sus canciones de amor, como es “Casualidad”. Para seguir con “Gran regalo”, donde el chileno usa con una mano la flauta de sauce y con la otra presiona las cuerdas en los primeros trastes. La noche acaba con “Ojos azules” y “El vino y el destino”, bebiendo en segundos una copa de vino que tenía en el suelo.

Él es Nano Stern, un chileno que desde que debutó como cantautor ha llevado a la música trasandina por cada rincón del planeta. Capaz de jugar con instrumentos clásicos como desconocidos. Sólo en su país se sube a un escenario con banda, prefiere estar solo arriba, donde la improvisación y el mensaje de su voz se entrega mejor. La mezcla de sonidos de latinoamericanos con tintes anglosajones. Un cuerpo vikingo, aventurero y conquistador como ellos. En su mano lleva una bandera única, la música, una guitarra. Que cuando la gente se marchaba feliz, subió al hall a firmar discos y sacarse fotos.

GALERÍA

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Por: Juan José Llano Oyarzún
Fotos: Dafne Cuevas

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