La música nacional es purista. Desde sus cimentos y durante gran parte del siglo pasado. Los más ortodoxos no aceptaban los nuevos cambios en esta rama de las artes. Es ahí donde bandas como Soda Stereo y Virus, entraron como los bichos raros al mercado de 1980, siendo criticados por aquellos grupos o artistas que tenían una parada más “dura” o clásica. Esto cambió con la llegada del nuevo milenio, aunque en los noventa se dieron pasos gigantes para este momento en Argentina. Uno de ellos fue La Secta. Durante 23 años han ido forjándose sin etiquetas en La Plata, con un sonido duro proveniente de la base del rock industrial a jugar con la plasticidad del pop y la electrónica.

En su reciente material de estudio Somos Normales, la mezcla de polos está desde un comienzo, con una textura más noventera pero en clave actual, fresca en los colores y cargado de lírica. Este abanico lo abren con “Vano”, que desde sus inicios va proyectando el álbum. Un breve sintetizador es arrebatado por la guitarra de Hugo Fernández, entre los golpes de Emilio Pascolini (batería) y Marco Scarafoni (bajo), antes de la aparición vocal de Gastón Cingolini y de Alejandro Arecha. La mutación de sonidos en “Neutro”, con una primera estrofa que recuerda a Gregorio Samsa del escritor Frank Kafka. En ambas hay un ritmo constante, pulso acelerado y variados arreglos en las voces del dúo.

En el aspecto electrónico se sumerge “Dax”¸ con una línea entre funk o soul que se siente en la segunda o tercera escucha y una base de programadores, por parte de Pascolini y Scarafoni, que se acentúan con el golpeteo de las cajas de la batería, variando hacia el final en el impulso más rockero de la banda. Siguiendo la dinámica electro, “Bailarina” refuerza la volatilidad de La Secta en la composición musical. Uno de los puntos más poperos del disco, sobre todo en la voz de Cingolini y un coro que pareciera extraído de los opening de dibujos animados japoneses –traducidos al español-.

“Si yo fuera un ángel / Arrancaría mis alas y tendría espaldas / Para que me azotes y me apuñales por atrás” es una de las frases en “No Somos Normales”, la canción que le da el nombre al disco y a la vez es homenaje a Gustavo Cerati. La armonía de los instrumentos, la suavidad de Gastón en la voz en ciertas partes –como en dicha cita-, recuerdan la etapa solista de “Gus”. Sin duda, uno de los puntos altos, el mundo casi onírico que recrean en el coro y el quiebre en las estrofas es un detalle destacable. En la misma sutileza vocal está “Mi Equis”, una composición de amor en sonido robótico.

En “Bowie” vuelven los golpes y el rasgueo más del industrial¸ con momentos altos y bajos. Una interpretación irónica, más riéndose de un estereotipo de persona que un tributo al artista inglés, si uno entra a preguntarse por el nombre de la canción. Bajo el mismo alero, “Espinas” y “Voces” sacan a relucir los tintes más oscuros, entre una amalgama de trash y post-punk. En esta última, los rugidos del new wave y la voz protagonista de Arecha por sobre la aguda de Cingolini, sorprenden.

En el cierre están “Suspendidos” y “Zombies”. En la primera, un teclado en clave de órgano se apodera de la atmosfera de la canción, que resalta por sobre todo con el nombre de la misma (“Suspendido de otros cuerpos / Cayendo de cabeza sin pulso en las venas”). La que le da el fin a la obra, es una particularidad entre muchas. Un término del rock industrial y electro-pop, acabando con la letra de “Maniac” de Michael Sembello, la misma que se hizo conocida en la película Flashdance (1983).

En distintas entrevistas, La Secta reafirma su postura de alejarse de las etiquetas, las categorías musicales en las cuales los artistas se ven involucrados, propias o externamente. En Somos Normales, aunque uno pueda detectar ciertos componentes de New Order, Daft Punk, Kraftwerk, Rammstein y Megadeth –específicamente en la guitarra de “Symphony of Destruction”-, el quinteto exhala una búsqueda propia en su batidora, en la mezcla concisa de estos elementos. Por más que el disco físico o virtual sea una plataforma para escucharlo, es la vivencia en vivo, sus puestas en escena y la performance que han cultivado en estas más de dos décadas de rodaje en el under platense.

Por Juan José Llano Oyarzún

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