Por Juan Irio – El Estrellero

Podría hablar de cientos de discos que me explotaron la mente y me hicieron sentir que quería hacer música el resto de mi vida, pero repasando fríamente hay uno que sin dudas cambió mi forma de entender las posibilidades de una canción, las texturas, la mezcla en el estudio, y tantas cosas más que se me hace largo enumerar. El disco es 13, de Blur, que salió en 1999.

Hasta el día que lo escuché y lo digerí, yo entendía la música de una manera y hacía música pensando las cosas con determinadas estructuras más o menos movedizas. Siempre estuve del lado de la canción, pero Sonic Youth había abierto un mundo nuevo cuando me hice fan a los 14 años. Un poco jugaba con eso, la canción pop sensible y el ruido. Pero cuando salió 13 de Blur algo pasó. Creo que hizo un filtro en mi cabeza por el que empezaron a pasar todas las músicas que compuse desde entonces, a veces más, a veces menos, pero siempre presente.

Es un disco que tiene todo, al que le sobran cosas que depende tu día de escucha se acomodan y dejan de sobrarle, ocupan otros lugares. Es un disco que tiene dolor, dolor de ruptura, desamor, que son los discos que más me llegan, y a la vez un disco casi espacial, por encima de nuestra atmósfera. Obviamente, Blur es para mí una de esas bandas imprescindibles, ocupan un lugar de podio en mi vida. Pero la mano de William Orbit en ese disco, como productor, creo que hizo de Blur un ser potenciado en belleza y deseo de más. En esos días tocaba en Plupart, y a todos nos había pegado por igual el efecto 13.

Es un disco hecho a medida para lo que yo era en esos días, y creo que me enamoró el hecho de que logra encontrar la canción perfecta a cada paso sin necesidad de ir en busca de la perfección, sino en muchos casos atentando contra ella. Las capas de sonidos, la mezcla en las baterías que ubican las cosas siguiendo normas que salen del canon, las guitarras siempre geniales de Coxon, la voz y las letras de Albarn, el disco sigue sonando hoy como el primer día, y marca la cancha.

Podría nombrar cientos de discos (Pet Sounds y Smile, de los Beach Boys, por ejemplo, son tan importantes como 13, y aún mejores), pero me quedo con éste porque es el antes y el después en mi vida como músico y creo que le hago justicia si le declaro mi amor incondicional en esta nota.

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