Tengo el honor de inaugurar esta nueva sección de Revista Distorsión contando mi experiencia y encuentro con esta increíble pasión que es la música. Todo comienza de niño. Frente a la casa de mi familia, ensayaba una mítica banda de heavy metal llamada Batán: su sala de ensayo transmitía sonidos estridentes y metaleros e imposibles de no escuchar, baterías contundentes, solos de guitarra increíbles. Yo allí, en mi habitación con una ventana que daba a la calle, donde me sentaba y agradecía cada escucha. Por otro lado, en la otra esquina también sonaba una banda. Se trataba de Los Osos, con un sonido más stone y folk.
Por alguna razón de inmadurez me obligo a elegir. Esas cosas de niño, de joven polarizado. Lo bueno o lo malo, lo lindo o lo feo. En fin, era claro, el heavy metal era para mí. Lo metálico era la esencia. Sumado a esto, por aquellos comienzos de los años 80’s mi padre me presentaba el tema ‘Crazy Train’ de Ozzy Osbourne, del disco Blizzard of Ozz. El riff de intro atronador, un solo de guitarra increíble, una base de sobre marcha con la voz de Ozzy encima. No podía faltar nada más para un tema de heavy metal. Sinceramente, me obligaba a escucharlo con mis compañeros de primer o segundo grado tras salir de la escuela.
Randy Rhoads y Ozzy Osbourne eran seres de otro planeta para mí. Los sábados emitían un programa de TV: Música Total y pasaban videos de ‘Crazy Train’. Y yo ahí, como observador atónito. Mi papá me decía: “Mirá Germán, el video de la guitarra voladora sobre las vías del tren”. Con 6 o 7 años nada más ya creía que el heavy metal de la época era todo para mí.

Blizzard of Ozz recorre sonidos impresionantes. Mezclado en cinta y con su característica comprensión. Me volvía loco. ‘Mr. Crowley’ con sus solos de guitarra y con una intro de teclados tan conmovedora que me atrevo a decir que no le envidia nada a la música clásica. La polémica ‘Suicide Solution’ y una relación al suicidio de un joven canadiense. La balada ‘Goodbye To Romance’ con una guitarra limpia de Randy con pasajes únicos y un buen gusto melódico.
El disco finaliza con un tema veloz: ‘Steal Away’. Algo de punk metal en su genética y una letra que habla acerca de fugitivos nocturnos que logra hacerte ir al bar por un poco de rock & roll duro y disfrutar de alguna botella con amigos…
Sin embargo no puedo dejar de nombrar el disco Metal Healt de Quiet Riot, en parte también compuesto por Randy Rhoads. La versión de ‘Cum on Feel the Noize’ seguro me trajo problemas de comportamiento en la escuela y en casa. Un solo en pentatónica de mi menor abrasador, con los gritos y arpegios de ‘Breathless’ y claro, una canción llamada ‘Let’s Get Crazy’ que te vuela la peluca y te hace revolear la melena.
La balada ‘Thunderbid’ posee un estribillo a coros increíble, es un viaje a la noche, con un solo de guitarra de escuela de rock. En fin, nunca pude alejarme de la música que me provocaba aquella adrenalina, de esa música que levanta tu espíritu porque te lleva a rockear. Que considera al rock en esencia y a su espíritu de rebeldía. Hoy, con casi 40 años, sigo celebrando la escucha de estos dos discos entre tantos otros como el primer día. Intento rescatar esa emoción que fluyó en mí desde niño. Y si hay algo en mí que no da lugar a dudas es que el rock es para siempre, además de una condición de vida. Ya nada tendría sentido si los parlantes no se mueven con esa intensidad.
Un abrazo de rock y nos vemos en el próximo escenario.

Por Germán Aragón

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