Hace muchos, muchos años, Embajada Boliviana editó Soñando Locuras[1]. Ese fue su primer disco luego de haber pateado fuerte en los escenarios subterráneos del punk del conurbano. Un álbum que en su momento pareció que podía abrirle las puertas de una incipiente masividad. Una pausa prolongada e indefinida de la banda truncó esas perspectivas iniciando el nuevo milenio.

Como muchas veces pasó en la historia del rock, lo trágico o lo incomprensible siempre alimenta mejor el mito. Con el tiempo este CD fue cimentándose como referencia para muchos músicos periféricos que desarrollaron sus propias carreras. El caso de Santiago Barrionuevo o el mismo Ricky Espinosa son los más emblemáticos. Porque el disco, más allá de tener el espíritu punk ramonero, de fondo mostraba buenas canciones. Y es en ese hilo que encontramos la continuidad de este nuevo álbum, dieciséis años después.

Esas canciones hoy son las mejores que esta banda pudo construir frente a las adversidades que vivieron sus músicos desde que decidieron calzarse instrumentos. El tan postergado segundo disco de Embajada Boliviana los encuentra renacidos y con una vitalidad rejuvenecida por el sano pop. Ese pop que desafía a los cultores del punk más férreo. Julian Ibarrolaza hace tiempo que viene demostrando su interés por explorar más músicas que el “un, do, tre, va”. La primera parte del disco, más acústica y sin distorsión puede rastrearse en las huellas de sus experiencias solistas[2]. Los cortes “A veces”, “Todos los días son hoy” (Cover de Espinosa) o los arreglos de cuerda de “Perfume de Chivilcoy” resaltan en el CD 1.

Desde “Corazones para tres” comienza el acompañamiento con toda la banda. Al toque escuchamos ese punk tan personal que cimienta la identidad de Embajada Boliviana y hace reconocible al instante una canción de ellos. En este disco la banda pudo despegarse del evangelio de Joey y compañía para regalarnos sus armoniosas melodías. Una muestra es la originalmente ramonera “Yo estaba mal” que ahora suena más deliciosamente pop.

Las mejores canciones del mundo tiene un laburo más atento a las voces y a los colores sonoros que pintan un clima general de cierto optimismo a pesar de que algunas letras pueden hablar de heridas abiertas como Malvinas. “Malvinas terminó para el que no peleó” entona Ibarrolaza en “Ver para viajar”. También hay algún que otro eco calamaresco que se pueden oír en tracks como “Voy a buscar”.

Una reflexión final para arriesgar una definición sobre la entidad que representa el concepto de “mejores canciones del mundo” es entenderlas como aquellas que se cantan con el corazón en la mano. Que esa metodología está aplicada a este disco no queda ninguna duda. Porque en definitiva ¿para qué cantar entonces una canción si no es con esa actitud?

Por Nicolás Arias

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