Traigo excusas: no puedo hablar de un solo disco en este caso. El Spoiler Alert es necesario porque, más aún con el paso del tiempo, se me hace difícil desprender a los dos primeros discos de Jane´s Addiction uno del otro. Si “Nothing’s Shocking” (1988) es la puerta que traslada a otra dimensión, “Ritual de lo Habitual” (1990) hace aún más profundos los secretos de ese universo. Será por el don de hechicero de Perry Farrell que atraviesa cada canción como si invocase alguna clase de espíritu desterrado para que vuelva a este plano o porque la banda puede saltar de poner la distorsión al servicio del rock a ser el mantra de una macumba californiana, que cuando encontré en la habitación de uno de mis hermanos el vinilo de “Nothing’s Shocking” con ese cuero vacuno adornando la imagen de dos mujeres desnudas con llamas en la cabeza sentadas en un sillón mecedor, mi cabeza sintió que había que entablar contacto con esa raza alienígena que amplió mi idea de entender el rocanrol para siempre.

Aunque para mí eran nuevos, los discos ya tenían varios años de haber sido editados, lo que permitió a mi curiosidad dar el paso siguiente de uno a otro sin pausa obligada. Sin embargo, en ese entonces ya aplicaba un truco que como buen perro viejo no cambié a lo largo del tiempo: entender los discos sin apresurarme a escucharlos uno detrás del otro. Era lo menos que podía hacer, dado que no podía encontrar con facilidad algo que me remita a ese clima de magia negra de ‘Ted, Just Admit It’ o que me despertase las ganas de cabecear un edificio para demolerlo como ‘Ocean Size’. No porque no existiesen temas con impulsos similares, sino porque estos tipos lo hacían y lo hacen con una onda que es propia; no pertenecían al grunge, ni al hard rock, ni al metal ni a ninguna etiqueta para vender música. Hacían rock, ese que se hace desde la libertad, sin el peso de los fundamentalismos sobre los hombros y que se desliza desde el relato acústico de ‘Jane Says’ a la electricidad febril de ‘Mountain Song’ o surfea la ola gigante psicodélica de ‘Up The Beach’.

Espiritual, volado, rockero, oscuro, libertino, onírico, incendiario, dionisiaco, sensible, rabioso, ambiguo. Yo no podía pronunciar ni “hello” en inglés, ni tenía a mano subtítulos en español en YouTube, pero de algún modo sabía de qué hablaban esas canciones. Sabía que esos dos discos, que para mí eran un gran disco doble separado por apenas dos años, tenían visiones, sentidos y experiencias, que es lo que creo debe proponer el rock. Perry Farrell puede hacerse entender con un acento, con una inflexión de voz o un gesto. Furtivo de algún ritual peyotesco, Perry es un brujo que trae hechizos de sobra para alcanzar el objetivo de expresarse más allá de las palabras. Sino escuchen de corrido ‘Three Days’; ‘Then She Did’; ‘Of Course’ y ‘Classic Girl’, cuadrilátero final de “Ritual de lo Habitual”. Toda persona debería hacerlo una vez en la vida. Si se hace en el momento apropiado o con la compañía adecuada, juro que nadie sale igual de allí.

Alguien en YouTube puso estos dos discos de corrido en un solo video. Me leyó la mente, pienso. Vuelvo por vez cinco mil al comienzo de “Ritual de lo Habitual” para escuchar esa voz que en un español atropellado reza: “Señores y señoras: nosotros tenemos más influencia con sus hijos que tú tiene, pero los queremos”, y le respondo también por vez cinco mil: sí, la influencia que han tenido es inmensa. Y yo también los quiero Juanas, los quiero mucho.

Por: Doma de El Perrodiablo

Comentarios