Revista Distorsión tuvo su enviado especial en el Cosquín Rock 2018.El festival que se realiza en Córdoba y que este año cumple 18 años sigue avivando el fuego. Gente de todo el país se encuentra en la pequeña localidad de Cosquín para vivirlo de nuevo o por primera vez. El Aeródromo de Santa María y los diferentes campings de la zona son testigos de miles de vivencias, con dos normas exquisitas a cumplir: la solidaridad y el respeto. Peleas o enamoramientos repentinos, choreos y todo tipo de secuencias tienen lugar en Punilla.

Pre-Pogo

Un grupo de amigos que sólo se reúne una vez al año, se junta el fin de semana de carnaval.

“¿Sólo dos fechas?”, agitaban preocupados en un grupo de WhatsApp cuando salió la grilla. Esta edición no tuvo tercera. En ambos días se presentaban dos bandas internacionales en el escenario principal. En primer lugar, la leyenda de Creedence, y el segundo día, The Offspring, pioneros del punk californiano.

Ya era el cuarto año que se juntaban en el mismo lugar.

Uno dice entre risas: “menos mal que nos vemos una vez al año, sino no me los aguantaría”, y bebe de la mítica bebida local, el fernet, que como una especie de brebaje mágico los emborracha uno por uno. Sus ojos se ponen rojos tras el trago y envuelto en una nube de humo llega a Adrián.

Adrián es salteño pero vive en Tucumán. Es pelado, usa lentes y no mide más de un metro sesenta. Tiene un acullico de coca en el lado derecho de la boca. Es padre de tres hijos. Uno de ellos, Miguel, de 17 años, lo está llamando por teléfono. En realidad es una videollamada. Está en Italia por seis meses y esta edición es la primera después de tres años a la que no asiste. Por más que lo intenten, era muy difícil que puedan comunicarse y después de unos segundos se corta. Cuando mira al resto que alentaba de fondo, corre una lágrima por su mejilla. Todos vociferan y él, desmiente: “fue el humo”. Risas y abrazos lo rodean.

Al terminar la comida, queda una gran sobremesa. Las jarras artesanales con fernet-cola y vino, empiezan a aumentar en número. Una hora después, empiezan todos a caminar rumbo al predio.

Dia 1: Qué placer verte otra vez

El festival esta vez tiene seis escenarios, de los cuales uno es temático, de un motivo por día. La entrada es fluida, hay algunos cacheos de control, lo de siempre.

Detrás del mangrullo donde está el control del sonido está Joaquín. Tiene 15 años, es casi un nene. Está sentado encima de un trapo gigante de Sueño de Pescado. Los platenses, que dos años atrás tocaban en un barcito aledaño al predio, hoy ocupan un lugar en la grilla del escenario principal. “Es la primera vez que vengo, pero vine a ver a Sueño de Pescado”, comenta. La banda ya tocó y ahora escucha Las Pelotas, que participan del festival desde su primera edición en el año 2001.

Las horas van pasando, oscurece y aparecen algunas nubes que auguran una tormenta.

Ahora comienza el show de Ciro y los Persas, otro de los históricos de la jornada y de los más convocantes. El tubo central se abre entre el público y comienza la danza que más nos caracteriza frente a los rockeros de todo el mundo. Jóvenes, hijos con sus padres, parejas que bailan en el medio. Todos forman parte del ritual. Claro que también los rateros que llegan a “laburar”.  Entre todo eso, se ve como un flaco le arranca la riñonera a otro. Queda evidente ante los ojos de varios que, a los cachetazos limpios, lo expulsan del lugar. Uno regresa al centro y le devuelve la riñonera al damnificado. “Muchas gracias viejo”, le dice y lo abraza.

Ciro finaliza tocando el himno con la armónica. Un pibe con la remera que tiene la cara de Maradona estampada en el centro, la estira hacia abajo y mira el cielo.

Sigue Creedence, pero en la puerta del Escenario Geiser, donde se presenta Massacre, dos pibes conversan sobre lo que está sonando. De repente uno de ellos, Juan Manuel, baja la vista y la ve, sentada en el pasto, conversando con una amiga, como se dice en la jerga, “ranchando”.

María Jesús, o “Jesu” para los amigos, viste una remera de una radio conocida: tiene ojos verdes, el pelo claro a la mitad de la espalda y una sonrisa encantadora. De alguna forma comienzan a hablar, se interesan, o al menos a él. Él en La Plata y ella en Mendoza estudian lo mismo. La mira y la escucha. Ambos comparten el mismo interés por la no ficción, un género periodístico.  “No fiction”, le dice ella. Él se ríe y la corrige. Le cuenta su particular afecto por Alarcón y Walsh, y empieza a adorarlo recitando algunas partes de su investigación más reconocida.

Eufóricos coinciden en casi todo. Ella le recomienda a una autora, alguien que él no conoce ni ha leído nada pero que posteriormente, tras buscarla en redes sociales, lo usara de excusa para contactarla. Cuando termina la banda que lidera Walas, su amiga sugiere ir a comer. Él, que se gastó todo en cerveza, opta por quedarse en el molde. Algún día volverán a coincidir.

Skay finaliza con Jiiji, tras un repertorio donde destacó su carrera solista. Las Pastillas del Abuelo comienzan a tocar y, después de algunos temas, tienen que cortar por el mal tiempo. Entre la lluvia y el viento frío los cuerpos empiezan a enfriarse.

La lluvia para pero la temperatura comienza a bajar.

“Todos los años lo mismo?”, pregunta alguien a los gritos, con cuotas de sarcasmo y realidad. Las zapatillas mojadas y embarradas van a secarse frente al fuego el siguiente mediodía.

Día 2: Ceremonias

Apurado entre la gente, Pablo empieza a cortar camino. Solo lo acompaña un amigo. El resto del grupo prefirió llegar más tarde. Se quedaron durmiendo después de comer bajo la lluvia que volvió a tener lugar a la mañana y que se estiró hasta las dos de la tarde. Un par de horas después salió caminando, al igual que el día anterior, para ver a las dos bandas del momento: El mató a un Policía Motorizado y Los Espíritus. Ambas dos, actuales nuevos referentes del rock nacional post Cromañón.

Con el último tema de los platenses, algo frustrado, se sienta en el pasto y bebe cerveza. Hace frío y por eso se mete entre la gente. Cuando la banda de La Paternal, que se está volviendo cada vez más convocante, comienza, se toma todo el vaso de un solo trago y lo revolea al cielo. Después de los liderados por Maxi Prietto, sigue Residente. Show corto pero contundente, se lleva varios aplausos.

Después de La Vela Puerca, Los Ratones Paranoicos, que antes de separarse se habían presentado en ediciones anteriores, realizan su segundo recital en público desde su vuelta en septiembre del año pasado. Ahí está otra vez Juan Manuel. Con los ojos bien abiertos esperando ansioso, mirando el escenario. Sus pupilas dilatadas lo delatan.

El show comienza con Ceremonias en el Hall. Se mira con un desconocido que viste una camiseta y un gorro “piluso” de Godoy Cruz de Mendoza y entre los dos, se encargan de armar el pogo central. Empujan hacia atrás la multitud y arman el círculo. Se miran y se abrazan como si fuesen amigos de toda la vida y agitan con el brazo derecho mirando hacia el escenario. Juan se ata la remera en la cabeza y queda en cuero. Escucha a su alrededor que dicen: “míralo a ese, está chiflado”. Pero no le importa, esperó este momento mucho tiempo desde que la banda decidió volver y él, por cuestiones personales, no pudo asistir.

Los dos siguen saltando y agitando sin parar un segundo. Juanse y Cía repasaron varias canciones de su carrera. La danza ritual explota con el Rock del Gato. Tras esa, viene Para siempre. Entre ambos empiezan a cambiarle la letra original, por la hecha a Maradona. Se miran fijo a los ojos y no se equivocan, mientras tantos otros se suman al canto y al terminar continúan: “Para el pueblo, lo mejor, Diego Armando Maradó”.

Posteriormente viene Guasones, que devuelve el rocanrol al escenario principal. Las banderas volvieron a aparecer en el aire, faltaba un cierre histórico.

“Porque hoy tocan los gardé, vos ya los conoces, no lo podés creer. Vamos copando las villas argentinas de la mano de Corneta y su familia”, alentaba la gente.  Los Gardelitos le dan un cierre de oro al Cosquín Rock. Detrás una escenografía digna de la situación, con un Gardel tocando la guitarra y un ángel gigantes: ese ángel es Corneta, el difunto líder de la banda que hoy día es una leyenda entre la gente del palo. Se mueven con unas cuerdas y parecen bailar.

Una bandera que flamea, diferente a las demás, contiene una leyenda: “Macri Gato”, con la tipografía de La Renga. Y eso pasa de ser comentario de todos a un simple detalle, cuando Eli, cantante y guitarrista, invita al escenario a Georgina Orellano, referente de AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) a dar una demostración ejemplar de convicciones sobre el feminismo y los derechos de la mujer como trabajadoras sexuales. En un ambiente tan machista, más de uno habrá quedado reflexionando.

La noche llega a su fin y ochenta mil personas fueron participes de otro rock del país.

Post Pogo

“Loco, qué pena que se termine algo tan bueno, ¿no?”, pregunta Maximiliano, quien luego intenta limpiarse las gotas de cerveza que cayeron en su remera de Los Piojos. Es la última, son las cuatro de la tarde del martes y lo que fue un congreso de “previas” la noche anterior con gente de todas las provincias ahora es sólo un camping vacío, a punto de cerrar hasta enero del año que viene. El resto de los peregrinos ya se había ido, así como llegaron, de a pocos o de a muchos, repletos de energía. El ritual se terminó.

Ahora nubes vuelven a aparecer y como seguro terminará en tormenta es mejor que se apuren en ir a la terminal.

Por Julián Pirrera
Foto: Prensa Cosquín Rock 2018

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