Hace algunos años que en la escena musical platense la balanza de lo indie está virando desde lo low-fi despojado a ciertas búsquedas estéticas donde se privilegia el sonido que pueden aportar los sintetizadores. Bandas como Un Planeta, Joyaz o Peces Raros son ejemplos de una nueva camada que cuida mucho lo high quality en su música. Sin embargo no muchos fueron por los senderos de la new wave o post-punk donde los sintetizadores reinan. Y es en ese terreno donde Ciudad de los Sauces se mueve como pez en el agua.

Para llegar a ese destino tuvieron que confluir en la banda dos núcleos de generaciones: Por un lado los músicos que escucharon en tiempo a referencias como New Order, The Cure o Virus. Y por el otro lado los que mamaron la obra más bailable de The Strokes o The Killers.

De ese encuentro nace este nuevo quinteto que plasma en Saltamos al abismo, su primer disco, una pulida interpretación de canciones rock-pop. Un álbum que parte de la búsqueda sonora ochentosa para ser reutilizada en un presente que les calza con la sabrosa vitalidad que conlleva lo que nos suena familiar. Retromanía le llaman algunos.

La canción “Viajeros” es el hit y ya fue, sabiamente, adelantado en un simple. Funciona muy bien como carta de presentación de la música de Ciudad de los sauces: Melodías de sintetizadores como gancho auditivo, las voces que cantan con una cadencia arrastrada del folkie (casi nunca se grita, las canciones no lo demandan), el bajo con púa y la batería precisa con ritmo casi marcial.

Otro corte que puede tener destino de hit es “Los impulsos” que, con su sonido disco en la línea de Franz Ferdinand, se adhiere al oído en la primera escucha. De hecho, es la canción que contiene la frase que titula al disco: “Y saltamos al abismo, sin red”.

El espíritu del álbum podría resumirse en las siguientes líneas de “Desvelados”: “Y las copas repletas, canciones y tragos nos invitan a bailar. Bailamos desvelados, bailando se pasan las horas, se pierde el final”. Eso sí, siempre moviéndose con una mueca cool y con cierto deje melanco a lo Robert Smith.

Por Nicolás Arias

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